mardi 30 novembre 2010

Max Rojas: El turno del aullante, poema II.

II


No he podido morir porque empezó a llover anoche,

pero, a decir verdad, ya no me duele aquello

tanto como entonces, ya no me tumba tanto el cuerpo

como antes. No he podido llegar, pero no importa:

han sucedido cosas a todo esto: nacieron gentes

y vinieron visitas y pasaron tranvías largos como la noche;

mi único traje se volvió ceniza, mi triste hueco

se largó a paseo, me atardeció de pronto,

no sé, sin enterarme; luego empezó a llover y no hubo tiempo,

no hubo manera de llegar a parte alguna; me encontré

de repente sin memoria, y olvidé todo aquello que me hería.



Debo decir que era una lluvia oscura la de anoche

(no sé si me entendáis, quiero decir que era una lluvia

venida de muy lejos, venida desde debajo de la tarde

como un montón de niebla sollozante, como un grito;

no sé si me entendáis, era como mujer que llega a despedirse);

debo decir que era una lluvia fría la de anoche,

un encontrarse de pronto en un espejo, llamando a no sé quién

con qué silencio, llamando a no sé quién con qué alarido.

Debo decir que era una lluvia hosca de anoche.







No he podido morir pero no importa. Me quedan otros trozos

de pellejo y otros dientes, y a lo mejor mi traje funeral

no está bien hecho. Olvidé tantas cosas desde anoche

que olvidé que mi cuerpo estaba roto y ahora está

no sé dónde, cayéndose de olvido; de esto, a veces,

me acuerdo con nostalgia; salgo por él gritando

como un loco, y acabo sin remedio tropezando.

Debo encontrar un cuerpo que me aguante: mi único traje

se volvió ceniza, y no me queda piel con que ir a mis entierros.



Para decir verdad ya no me duele aquello como antes.

Tengo recuerdos de mujer trozándome los labios

y ganas de llegar a alguna parte. No sé si me entendáis:

es un poco de polvo que me aguarda, un montón de silencio

que me espera. Traigo recuerdo de mujer crujiéndome

en los huesos y un hoyo, aquí, que me lastima.

No he podido morir, pero no importa:

desde anoche me duele el esqueleto,

y eso quiere decir que estoy llegando.



Han sucedido cosas, a todo esto: murieron gentes y se fueron

visitas y pasaron noches largas como tranvías y anocheció

de pronto, no sé, sin enterarme; yo me encontré metido

en un espejo (debo decir que era una lluvia fría,

decir que era una lluvia que golpeaba), llamando a no sé quién

con qué silencio, llamando a no sé quién con qué alarido,

con qué ganas de llegar a alguna parte.



Ya no me crece yerba en el olvido; me acostumbré, sin duda,

a tanto oscuro, y a lo mejor mi traje ya está listo:

es cosa de buscar en los armarios donde mi cuerpo,

a veces, se refugia.

Podría añadir algunas cosas, pero, a decir verdad,

aquello ya no duele como entonces.

Traigo recuerdos de mujer siguiéndome los pasos

y un hoyo aquí, bajo la piel, que no lo aguanto.

lundi 29 novembre 2010

Enfermizo.

Atravesar una gran nebulosa de gases y avispas
una regiôn desêrtica
anhelando:
no se necesita permiso ni lienzo para viajar hacia tu origen lâcteo
se ha podido sobrevivir en la clandestinidad
se han dicho tantas cosas del olvido
que esta tarde he decidido fugarme a tus fanales
no pondrê resistencia contra los muros que florecen
vivir en una casa que bombea y bombea
una casa asquerosa que tirita
siendo ilegal, burlândome del trâmite
birlando tus nutrientes.

dimanche 21 novembre 2010

L'état seconde.

Me he dado cuenta del trance al cuâl deben someterse mis alimanias, estas criaturas afeminadas deben de doparse con algo, debe de haber una sustancia para disolver la fricciôn que existe entre ellas, para diluir ese letargo en el que estân desempeniadas y ponerlas ya a trabajar, duermen en su madriguera todas como topos asquerosos, unas encima de otras, ya todas las noches, todos los dîas, estoy harto de su dejadez, de su holgazanerîa, estoy harto de estas bestias huranias no despierten, y no quiero recurrir a la magia antigua y falsa, al viejo truco del conejo, tendrê que golpear mi cabeza con una cacerola, o esperar de igual forma, frustradamente como lo he hecho hasta ahora, a que les de hambre a las flojas y se pongan a rastrear a la presa, otra pobre desdichada bestia, pero con êsta hay que tener cuidado, sino se ofende y se va y deja a êstas otras todas hambrientas, quê difîcil es la poesîa queridos amigos.

samedi 20 novembre 2010

Muslos verdes, musgos, liendres.

En estatus anfibio, de sapo insurrecto
localizo debajo la trinchera.
Paredes despellejadas, llenas de manchas porque algo repta
porque las lagartijas se escandalizan
y cachetean la gravedad
si el amor no cuaja, huyen del asco
y por eso las paredes se llenan de nociones
de huellas y testimonios reticentes sin esfînter.
Dejarlo por la paz, mejor
y salir a oler las frutas podridas
y que los lotos sigan ahorcândose
y que los sapos oreên sus papadas soberbias.

jeudi 18 novembre 2010

Zinc.





Zinc.

Cerdo, para ti muy el otoño en los árboles
En colores mostaza de hojarasca
Para ti muy el otoño, neófito cerdo
Otoño en esqueletos bifurcados
En naturaleza muerta
En cuerpos inertes florales, paisajes desgreñados
Facilísimo detectarlo, ¿no?
Pues fácil decirlo.
El otoño se percibe en los flujos oculares
De las chicas vestidas de negro
En sus miradas de vacas sentenciadas
En sus ombligos secos
En sus pómulos maduros
Hay algo en las chicas vestidas de negro
Que promulga la debacle del verano
Y excita lubricando la nostalgia al cien
Algo como de frutas secas
Como de pezones erguidos
Esperando los fríos helados del norte
Para desprenderse de un cuerpo blanco
De unos cabellos halados y absolutamente rojos
Algo como de pasas secas y caricias deshidratas
Como de miradas que se ensanchan en el infimo destino
Y no vuelven por temor a rizarse.

Cuando me hablan del destino...




Yo era un capo en el ambiente,
derrochaba adrenalina,
me presentaba en Corrientes,
tenía palco en el Colón,
manejaba un convertible,
no escatimaba propinas,
las quimeras imposibles
de otros eran mi rutina,
no había nacido la mina
que me dijera que no.

Pero pucha, un un veintinueve
de aquel febrero bisiesto
me vi pernoctando un jueves
en un banco de estación,
sin más ajuar que lo puesto,
ni credit card, ni cobija.
Las ratas que huían del barco
del retrato de mis hijas
me afanaron hasta el marco
creyendo que era art decó.

Las coristas y las farras
se esfumaron con la guita,
los muchachos de la barra
no me echaron ni un piolín;
Charly no tuvo un detalle
ni Fito un “¿qué necesitas?”
cuando, al cabo de la calle,
rompí mi caricatura,
ni el camión de la basura
tuvo un jergón para mí.

Disqué el movicón amado
de una gatita de angora,
“no moleste a la señora”,
contestó el contestador.
Y aprendí que estar quebrado
no es el infierno del Dante,
ni un currículo brillante
la lámpara de Aladino,
cuando me hablan del destino
cambio de conversación.

Espejismos rosicleres
ya no me fruncen el ceño,
ni me cobran alquileres
las mujeres que olvidé,
bajo el sol que me apuñala
vivo sin patria ni dueño,
como el aire lo regalan
y el alma nunca la empeño
con las sobras de mis sueños
me sobra para comer.

¿De qué voy a lamentarme?,
bulle la sangre en mis venas,
cada día al despertarme
me gusta resucitar,
a quien quiera acompañarme
le cambio versos por penas,
bajo los puentes del Sena
de los que pierden el norte
se duerme sin pasaporte
y está mal visto llorar.

Joaquin Sabina.

mardi 16 novembre 2010

mardi 9 novembre 2010

jeudi 4 novembre 2010

Sombra equîvoca.

Por error, al salir del castillo de tu sexo, tomê la sombra equivocada, una sombra diminuta, despuês caminando por el barrio me percatê de ello, pero ya no importô, porque la sombra se amoldô entre mis hombros, quiên sabe que sucediô con la mîa, quiên sabe quiên se la llevô.

Compromiso de atrofiarse; hay lenguas que jamás debieron salir de casa.

Compromiso de atrofiarse; hay lenguas que jamás debieron salir de casa.


El joven de las gafas modelo piloto, compradas en la calle Obregón por treinta pesos, en este preciso plano, en un plano profundo, en un encuadre atropellado y de filtro ola medio marrón ola medio pardo, navega trastabillando por los pontos salvajes de una ciudad intempestiva, una ciudad de alta minusculidad y exasperación para los adictos a los ocasos como de ráfaga o cabellos negros y halados, abiertos a la contaminación y el trance urbano. El joven con sus gafas sedientas le dice a la chica Alemana que se cansa de la estabilidad de los libros de poesía, que se cansa de cazar metáforas al borde de un canal eterno, un canal burgués de soslayo que no conoce accidentes rimbombantes, le confiesa que se va en cuanto pueda a Lisboa por la mujer que soñó hace ya algunos meses, que lo esperaba en el puerto, con una balsa de madera, y quizá un amigo poeta en la calle de los Dorados, pobre, ebrio, como él, pero amigo al fin y al cabo, o una alucinación, una ventana al pasado iracundo de la inexistencia, y la chica Alemana le toca el hombro, incrusta su mirada en la ignominia de él le da un abrazo como una gata abraza a su hijo esquizofrénico y siguen caminando en la calma inquietante de esa ciudad vegetativa. El joven se ve así mismo en un cuadro obtuso, entre cuatro paredes, atorado, inconcluso, frustrado, silbando durante todas las aves, se exige movimiento, le exige a sus letras paralíticas y burdas un suspiro agónico , piensa: ¿Qué hace un pedazo de barco en un flujo desértico?

lundi 1 novembre 2010

Sorcière.





La muerte: una mujer de tez blanca, con cabellos naranjas como de lavas noctunas, como un sol exhalando también de noche, como una bola que aniquila a los abatidos, una mujer en un vestido de pârpados, una mujer sin maquillaje, pecosa, de piel sensible, tîmida de sustancia espesa, de crîmenes escarlatas y rastros insoportables.